Hoy os saludamos en francés, al igual que hemos titulado esta entrada en el mismo idioma, y no tardaréis en saber porqué.
Tal como os contamos la última vez, tras coger unos cuantos aviones fuimos a parar a Phnom Penh, donde pasamos unos días asándonos al sol. Esto hizo que acabáramos un poco cansados física y mentalmente; así que decidimos dirigirnos a un enclave más relajado de Camboya: Kep.
El bus que nos recogió en Phom Penh a las dos de la tarde y en el que debíamos estar tres horas, tardó cinco en dejarnos en la rotonda principal de Kep. La primera media hora en el bus fue, literalmente, un infierno; nos acompañaba un calor sofocante digno de una sauna, que no pudimos aplacar ni con una toallita ni con el agua que nos dieron en el autobús. Sin embargo, iban pasando las horas y bajó la temperatura, pues iba anocheciendo.
Llegamos a Kep cuando ya era totalmente de noche (19:00 aprox.). Teníamos un par de lugares apuntados en los que alojarnos, pero a esa hora decidimos hacer caso a un señor francés que nos recibió en la parada de buses. El hombre venía a publicitar su alojamiento y nos ofreció una habitación limpia con baño privado por doce dólares. Aceptamos su propuesta.
Vistas magníficas desde el asiento de Anna en el bus.
A Anna le encantaron las cortinas del bus; tanto, que se compró unas para poner en casa a su vuelta.
Al menos, las vistas del exterior compensaban un poquillo.
No encontramos mucha resistencia a la hora de conquistar Kep...
Esa noche, mientras paseábamos, nos ocurrió algo curioso: los extranjeros que nos cruzábamos nos saludaban y nos hablaban en francés. También vimos que la carta de algunos restaurantes estaba en francés; e incluso los conductores de tuk-tuk lo chapurreaban. A pesar de que sabíamos que Camboya había sido una colonia francesa, no entendíamos mucho porque aquel lugar era como una pequeña Francia dentro de Camboya. De hecho, seguimos sin entenderlo, pero nos pareció muy curioso. De aquí el título y el saludo de esta entrada del blog.
A la mañana siguiente nos dimos cuenta que el hotel estaba a unos 3 km del pueblo y de la playa principal, así que nos armamos de valor (y agua) y empezamos a andar. Por el camino encontramos el pequeño puerto de la ciudad, que sirve de enlace con las islas vecinas. Anteriormente, nos habíamos informado en relación a esas islas, y lo más destacado que encontramos es que estaban bastante sucias y no tenían mucho encanto, así que decidimos ahorrarnos la visita.
Parece que a uno de los lados le faltan unas cuantas columnas...
Si la alargan un poco más, conseguirán que la pasarela del muelle llegue hasta la otra isla.
Cualquier excusa y lugar es bueno para darse un chapuzón.
Durante un buen trecho bordeamos la costa, y aunque vimos bastantes cabañas con hamacas, no encontramos ni un grano de arena. Como el sol empezaba a picar, nos decidimos por coger un tuk-tuk por un dólar para que nos acercara a la playa principal.
Muchas cabañas y muy bonitas; pero ¿donde esta la playa?.
Al no ver nadie en ellas, pensamos que tal vez las cabañas serían de decoración...
La playa era de arena fina y clara, y aunque no era muy ancha, lo era lo suficiente como para tender el sarong, dejar la mochila y la ropa antes de darnos un chapuzón. Para que el agua nos cubriera más allá de las rodillas, tuvimos que andar un buen rato, pues es de aquellas playas que no te hundes por mucho que te internes en ella. Tras un rato en el agua y un rato leyendo fuera de ella, decidimos probar las hamacas que tanto abundan en Kep y que sirven de bar improvisado para turistas y gente local por igual.
Aunque parezca una maravilla, la arena de estas playas es un incordio, pues se te pega por toda la piel.
Vigilad que no nos roben nada mientas nos damos un bañito.
Intento de postureo playero.
Postureo realizado con éxito (con fanta de uva incluida).
Para cenar, nos acercamos en tuk-tuk hasta el crab market (el mercado del cangrejo), donde comimos muy bien. No hicimos fotos del lugar porque realmente no tenía nada de especial; pero como ya hemos dicho, allí nos alimentaron bien.
El nuestro segundo día en esa localidad sureña, nos decidimos por descubrir un poco más de los alrededores de Kep, y como hacía buen tiempo, alquilamos un par de bicis por un dólar y medio cada una. Le preguntamos a la propietaria del hostal donde podíamos ir, y nos indicó que para ver zonas más rurales y tradicionales siguiéramos la carretera.
Por fin Edu ha encontrado su lugar en la vida.
Aquí tenéis la vuelta ciclista camboyana.
Aparte de franceses, en Kep también tienen cosas bonitas.
A decir verdad, no duramos mucho. Eran sobre las diez de la mañana, pero el sol ya picaba, y con el viento en contra no nos costó mucho decidirnos a dar la vuelta. Aún así pudimos disfrutar de campos verdes y niñas sonrientes en su hora de descanso del colegio, así que valió la pena. Ya de vuelta al hostal nos pusimos la ropa de baño, nos montamos de nuevo en la bici, y... a la platja falta gent!
¿Véis al cangrejo?
Aqui os lo ponemos más fácil.
Con el viento a favor, llegamos a la playa en menos que canta un gallo. Nos tiramos al agua sin pensarlo dos veces, y una vez en remojo nos sentimos como nuevos. Decidimos comer en un restaurante de comida local situado cerca de la playa. Tras el baño y una sopa de fideos, regresamos a nuestro alojamiento; pues Anna no podía saltarse su siesta de rigor.
Vamos a atar las bicis porque no nos fiamos mucho de vosotros.
Esto si que es ponerse moreno.
Vaya, esto es como tener una playa privada.
Ya por la tarde, decidimos ir a visitar un lugar del que nos habían hablado: un hotel abandonado devorado por la naturaleza. Tras andar un buen rato, y cuando ya pensábamos que nos faltaría poco para llegar, encontramos un cartel que indicaba que el hotel se encontraba a unos 3 km. Como faltaba poco para anochecer y nos encontrábamos en una solitaria carretera de tierra y sin iluminación alguna, decidimos dar media vuelta. Al menos, por el camino nos distrajimos con las vacas que campaban a sus anchas por el pueblo (cosa bastante habitual en este país).
Regla número 1: si el lugar que vas a visitar no aparece siquiera en el horizonte,
es mejor dar media vuelta.
El monumento a la independencia de Camboya que no sabemos qué representa
Edu haciendo nuevos amigos.
Esta niña siguió en dirección al famoso hotel, suponemos que aún estará en camino.
Anna se tomó la revancha y también hizo nuevos amigos.
Elegimos el restaurante del pequeño puerto para ir a cenar, pues se encontraba cerca del hotel y no teníamos ganas de pasearnos demasiado, ya que al día siguiente tocaba madrugar.
A las 7:30 de la mañana siguiente ya estábamos en la carretera principal de Kep, esperando que pasara el autobús que debía llevarnos de vuelta a Phnom Penh. Como no podía ser de otra manera, el bus llegó tres cuartos de hora tarde. Como mínimo, el trayecto hasta la capital camboyana no se nos hizo muy pesado.
¿Te han abandonado, chico?
No volvimos a Phnom Penh para quedarnos, pues nuestro siguiente destino era Siem Reap, donde sólo podíamos llegar pasando antes por Phnom Penh. Para ahorrar una noche de hotel, decidimos comprar un billete para ir a Seam Reap en bus nocturno, ya que el trayecto hasta allí dura unas 7 horas, por lo que llegaríamos de buena mañana. El precio del billete eran menos de diez euros por persona.
El horario de salida del bus que reservamos estaba estimado para las 12 de la noche, y en aquel momento eran las 12 del mediodía, lo que significaba que teníamos casi todo el día por delante antes de que nos tocara irnos. Pero antes de hacer cualquier cosa, dejamos nuestras mochilas en una oficina de una compañía de buses; no era plan de ir dando vueltas con aquellas moles en la espada. Por cierto, aún no os hemos dicho cuánto pesan nuestras mochilas; según las básculas del aeropuerto, aproximadamente cargamos unos 13kg cada uno.
Las moles necesitaron un tuk-tuk propio.
Hemos llegado a pasar por lugares en los que hay que agacharse para no tocar los cables de tensión con la cabeza
(no es coña).
Aprovechamos para visitar un lugar al que no habíamos ido la primera vez que estuvimos en Phnom Penh: el Russian Market, imprescindible según nuestra guía. Precisamos de un tuk-tuk para llegar hasta allí, pero eso no fue problema, pues en Phnom Penh el transporte es bastante baratillo. Al adentrarnos en el mercado nos vimos en mitad de un laberinto de tiendas en las que se vendía una infinidad de productos. Los vendedores debían servirse de los pasillos para exhibir parte de su mercancía, pues las tiendas eran muy pequeñas y estaban a rebosar de género. Aquello provocaba que los ya de por sí estrechos pasillos del mercado fueran difícilmente transitables. Pese a todo, y dejando aparte el sofocante ambiente del lugar, pasamos un rato bastante entretenido. Anna disfrutó viendo ropa, artículos de papelería, souvenirs y muchos otros cacharros inútiles, mientras que Edu se quedaba embobado con las figuras de madera que representaban dioses hindúes.
El pasillo principal (y más ancho) del Russian Market.
Aquí podías venir tanto a desayunar como a comprarte tu vestido de novia.
Como estábamos en Phnom Penh, no podíamos dejar de ir al paseo marítimo, lugar de visita diaria obligatoria en los días en que estuvimos allí anteriormente. Pasamos por la plaza situada delante del Palacio Real y disfrutamos de un rato de lectura relajada en el césped.También aprovechamos para visitar de nuevo a nuestro amigo Huily (el amigo de Rebeca) y comer alguna cosa en el restaurante donde trabaja.
Edu rompiéndose la cabeza mientras lee 'los tres monjitos'.
Hasta la vista Norodom Sihamoní
(esperamos que no hayáis olvidado el nombre de nuestro rey camboyano).
Los mini-budistas.
A meternos de cabeza en el follón.
¿Habéis visto que foto tan mística nos quedó?
Aún no sabemos si aqui se vendían flores, comida, o flores para comer.
Tras cenar, aún nos quedaba bastante tiempo hasta que fuera la hora de subirse al bus, por lo que fuimos dando un paseo hasta otro mercado de la ciudad: el Night Market. Éste era un lugar totalmente distinto al otro mercado, pues era muy espacioso y se encontraba al aire libre. Sin embargo, no disponían de una oferta tan variada. Al menos, pudimos dar una vuelta agradable que nos sirvió para hacer un poco de tiempo. Al salir de allí, vimos que estábamos justo al lado del lugar desde el que saldría nuestro bus, por lo que nos quedamos allí.
Última parada en Phnom Penh: Night Market
Anna, como buena marmota, no tuvo problemas en dormir en un banco hasta que llegó nuestro transporte. Sabíamos que nuestro autobús contaba (en teoría) con camas, pero no queríamos hacernos ilusiones, pues la experiencia vivida hasta entonces nos decía que no debíamos esperar nada del otro mundo. Sin embargo, al subir al bus nos llevamos una agradable sorpresa, ya que disponíamos de una cama en la que cabíamos ambos y en la que Edu podía estirarse sin sacar el pie por la ventana ¡Increíble! Además, se estaba bastante cómodo para ser un autobús. Con todo, no tardamos en dormirnos, y una vez nos despertamos, ya nos faltaba poco para llegar a Siem Reap. Pero eso es harina de otro costal, así que lo dejaremos para la entrada que seguirá a esta.
No era el bus nocturno que aparece en Harry Potter, pero se le parecía bastante.
Y ¡Saludad al pie! (parte 3)
Solamente os diremos que Siem Reap es uno de esos lugares que teníamos marcado en nuestro mapa como "totalmente imprescindibles". El motivo de esto es que cerca de allí se encuentra la ciudad perdida de Angkor, que acoge el monumento religioso más grande del mundo. No os diremos más, pues hay mucho que decir y no acabaríamos nunca, así que mejor lo dejamos para la próxima y de mientras os ofrecemos esta pequeña muestra.
Aquí donde lo veis, éste es uno de los templos más pequeños de Angkor.
Sin embargo, la persona que veis, es la más grande de la historia.
¡Pero no os vayáis todavía! Aún os tenemos que informar de quien es el ganador de nuestro concurso anterior. Sin embargo, antes de proclamar al vencedor, queremos felicitar a todos los que habéis concursado, pues os proponíamos un reto muy difícil y se necesitaba de mucha suerte para adivinar lo que os preguntábamos. Aún así, no vamos a desmerecer a nuestro flamante ganador: ¡David Millán Romero!
Como ya es la segunda vez que se proclama vencedor, intentaremos conseguirle un premio que se corresponda a su gran habilidad como concursante.
En cuanto al otro premio que tenemos pendiente, el de Berta, os diremos que, como siempre, estamos esperando a que se presente la ocasión propicia para brindarle una recompensa digna.
Tras nuestro paso por Indonesia y Malasia, el siguiente destino en nuestra lista era Camboya. Sin embargo, y tal como ya os adelantamos, antes de llegar a Camboya nos tocó hacer escala en el aeropuerto de Kuala Lumpur.
Parece que alguien se va a quedar sin cabeza...
No sabíamos que para llegar a Camboya tendríamos que pasar por el espacio exterior.
Aunque normalmente no se aprecie, el poder volar por encima de las nubes es algo espectacular.
Tras dos horas de vuelo y unas cuantas cabezaditas, llegamos a Phnom Penh, la capital de Camboya; una ciudad que tiempo atrás fue conocida como 'la perla de Asia' por su encanto. Por desgracia, los sangrientos acontecimientos que tuvieron lugar en las últimos décadas empañaron el nombre de la capital y del país.
Phnom Penh (tardamos dos días en aprender a escribirlo correctamente) nos recibió con los brazos abiertos desde el primer momento (a excepción de los antipáticos agentes de aduanas del aeropuerto). La primera impresión que nos dio fue de que estábamos de nuevo en Indonesia, pues en cuanto el tuk-tuk (carro tirado por una moto) que nos llevó al hotel salió a la carretera, nos topamos con un bastante trafico caótico. También volvimos a ver las sonrisas de la gente que tanto encontramos a faltar en Malasia.
Algo que nos sorprendió es que el dólar, a pesar de no ser la moneda oficial, es la que habitualmente usan los camboyanos. En Camboya tienen su propia unidad monetaria, que es el Riel Camboyano, pero normalmente sólo se usa para pagar cantidades inferiores a un dólar. El motivo de eso no es que su valor sea muy bajo, porque, por ejemplo, está mucho mejor valorado que la Rupia Indonesia.
Pobre Edu, se piensa que es moda llevar la mochila delante.
Anna aún no se había recuperado de su cabezadita.
Apartaos si no queréis que os atropellen.
En menos de dos minutos ya nos dimos cuenta de que habíamos llegado a un lugar realmente bonito. Por el camino pasamos junto a gran cantidad de edificios majestuosos que se situaban entre las bulliciosas calles de la capital. Una vez nos hubieron dejado en el hotel que nuestra guía hotelera (booking.com) nos había recomendado, el recepcionista nos dijo que ya no le quedaban habitaciones mixtas disponibles; por lo que si queríamos quedarnos allí teníamos que estar separados. Preferimos buscar otro alojamiento, así que nos pusimos manos a la obra. El siguiente problema con el que nos encontramos fue que los hoteles por los que pasábamos eran realmente caros. Cuando ya pensábamos que alojarnos en Phnom Penh supondría la mayor de las ruinas económicas, fuimos a dar con un hostal en el que las habitaciones salían a 7 dólares la noche. La verdad es que no nos lo creíamos, porque a pesar de que las habitaciones no eran nada del otro mundo, a primera vista no parecía que estuvieran mal. Obviamente decidimos quedarnos allí.
Acto seguido, y tras dejar los mochilotes, fuimos a dar la vuelta de reconocimiento de rigor. No tardamos en empezar a cruzarnos con bastantes grupos de jóvenes monjes budistas. Nos sorprendió bastante, pues no esperábamos encontrarnos a tantos monjes paseando por la calle (ya que en nuestra tierra no te sueles encontrar en cada esquina a grupillos de curas vestidos con el hábito). A pesar de ese aire místico que la gente le ve a todo lo que rodea el budismo, nosotros os podemos decir que, como personas normales y corrientes que son, hay monjes de todo tipo; los simpáticos que no tienen problema en hacerse una foto, los que te ponen cara de sicario a modo de negativa cuando les pides fotografiarte con ellos, los que no apartan la mirada de la pantalla de su móvil de último modelo, los que a pesar de ser antimaterialistas llevan un bolso en el que cabría una casa, etc.
No sabemos si el monje de la derecha es humano o es un fantasma que se coló en la foto.
Ningún moje quería ser amigo nuestro, todos nos daban la espalda.
Antes de ir a cenar llegamos a la orilla del río que bordea la parte este de la ciudad, y a lo lejos vislumbramos algo que parecía una feria, con sus luces de colores y grandes atraciones. Qué equivocados estábamos; pues resulta que lo que habíamos visto era el retrato del rey actual, Norodom Sihamoní, y la iluminación del Palacio Real.
Al acercarnos hasta la plaza real, situada justo enfrente del palacio, vimos que en todos lados habían retratos inmensos del rey. Sobre el césped de la plaza había cantidad de gente haciendo picnic. A pesar de que la decoración del lugar era algo cutre (sobretodo por los retratos iluminados del monarca), allí se respiraba una ambiente muy agradable.
Os presentamos a nuestro rey actual, Norodom Sihamoní.
Aunque no se pueda apreciar muy bien, delante vuestro tenéis los retratos de la familia real camboyana.
Como llevábamos varios días sin descansar como era debido, nos fuimos a dormir sin programar el despertador. Eso hizo que a la mañana siguiente nos despertásemos a mediodía, cuando ya era la hora de comer. Nos paseamos por nuestro barrio y acabamos en un callejón con varios puestos callejeros. En una de las paradas vimos que ofrecían una gran variedad de salchichas camboyanas, y como nos parecía que tenían muy buena pinta, decidimos probarlas. No estaban nada mal, y fue una buena aproximación a la comida khmer (significa de nacionalidad camboyana).
¿No os suena de algo esta vendedora?
A pesar de la cara deplorable que pone, Edu se dio un buen festín.
Tras recargar pilas, nos dirigimos al Royal Palace, donde una muchedumbre esperaba que se produjera la apertura de puertas. El Royal Palace es la residencia oficial del rey de Camboya desde su construcción en 1860, y por esa razón algunos de sus recintos están cerrados al público. Compramos las entradas tras unos pocos empujones; y cuando nos disponíamos a entrar al recinto, uno de los guardias miró a Anna de arriba abajo y señaló sus pantalones: "Too short" nos dijo; demasiado cortos. Así que tuvimos que dar la vuelta y volver al hotel a por pantalones largos. Suerte que estaba cerca.
Os presentamos al substituto camboyano del bemo; el tuk-tuk.
Creemos que esos tres monjes se compraron sus paraguas en la misma tienda.
Royal Palace, no te escondas, que ya te hemos visto y vamos a por ti.
Ya con los pantalones largos, el guardia nos dio el visto bueno y nos adentramos en la maravilla arquitectónica del palacio real. Había templos dedicados a buda (en los que no se podía tomar fotos), pabellones de baile, el salón del trono, y muchas más estancias.
Edu con pose de haber sido disparado.
La princesa de palacio.
Aunque esta torre no era nada del otro mundo, creemos que la foto nos quedó muy chula.
Monjes por todas partes.
Aunque en las fotos no salgan más guiris,
os podemos asegurar que el Royal Palace estaba a reventar.
La verdad es que el rey camboyano no se puede quejar de la casa que tiene.
¡Vamos palacio! Si te estiras un poco más llegaras al cielo.
Como no sabían como llenar ese hueco, metieron a un elefante.
Con la visita a la mayor atracción de la ciudad realizada, fuimos al bonito paseo que bordea el río (al igual que el día anterior), donde estuvimos hasta que nos dio la hora de cenar. Era un paseo tranquilo, bonito y lleno de gente que disfrutaba de una noche de verano. En uno de los restaurantes que se encontraban en la calle del paseo, conocimos a Huily, el chico que felicitó a Rebeca (ver la entrada de este blog titulada 'Una ciudad llamada Gato'). A pesar de que el chico debía tener como mucho 13 años, estaba trabajando de camarero en el restaurante donde cenamos.
En este paseo descubrimos banderas nacionales que no habíamos visto nunca.
Sí, tenemos fijación en fotografiar a los monjes.
Tranquilos, Edu aún no se ha convertido al budismo.
Al día siguiente nos levantamos a una hora decente, pues teníamos pensado ir a un museo llamado Tuol Sleng. Se trata de un antiguo prestigioso colegio que los Jemeres Rojos convirtieron en una prisión cuando se hicieron con el gobierno de Camboya (la cual entonces paso a llamarse República de Kampuchea). Preguntamos en nuestro hotel si era posible llegar andando hasta el museo, pero lógicamente nos dijeron que no porque estaba muy lejos, y que era mejor ir en tuk-tuk. Aún así, preferimos preguntar a que infinita distancia se encontraba Tuol Sleng, y cuando nos respondieron que estaba a 2 km, decidimos ir andando.
A decir verdad, la elevada temperatura de aquella mañana no hizo la caminata muy agradable. Pero como la mayoría del trayecto transcurría a través de una gran avenida con multitud de establecimiento, cada poco rato parábamos para curiosear, por lo que de paso nos resguardábamos del calor gracias al aire acondicionado de las tiendas. Cuando nos faltaba poco para llegar a Tuol Sleng, nos perdimos. Entramos en una tienda para preguntar donde se encontraba el museo. Uno de los trabajadores se ofreció a llevarnos a los dos en su moto, y nosotros aceptamos, pues sabíamos que el lugar al que íbamos se encontraba cerca. Efectivamente, tras recorrer unos cien metros y doblar una esquina, llegamos al museo.
Esta gente hace de sus motos su casa.
Cómo pasar desapercibida en Camboya.
Las "paneras de nadal" han llegado a Phnom Penh.
Para poneros en situación, os diremos que los Jemeres Rojos (jemer es el nombre de la etnia predominante en Camboya) eran un grupo extremista de revolucionarios maoístas, los cuales llevaron a cabo el 'Genocidio camboyano', que derivó en la ejecución de una cuarta parte de la población de su país (2.300.000 víctimas aprox.). Los Jemeres Rojos desarrollaron una política agraria radical; evacuando a todos los habitantes de las zonas urbanas hacia el campo, donde la gran mayoría de ellos fueron obligados a realizar trabajos forzados. El régimen eliminó literalmente la presencia de masas en las urbes, y declaró a los habitantes de las ciudades como enemigos del estado. Entre otras medidas, acabaron con cualquier forma de arte, cultura y religión. Hicieron desaparecer todo lo que tuviera alguna relación con el pasado (incluida su propia moneda), e instauraron el 'Año Cero Camboyano'.
Los Jemeres Rojos veían la cultura como un mal y consideraban que el lugar de la población se encontraba en el campo; por lo que, siendo consecuentes con sus ideas, clausuraron las escuelas del país e hicieron que se instalaran centros de tortura en ellas. En estos complejos se llevaba a cabo la denominada como 'búsqueda del enemigo oculto'. En Phnom Penh se encontraba la más famosa de estas prisiones en las que interrogaban, torturaban y asesinaban a las gentes de Camboya. Éste centro era conocido como Tuol Sleng (que significa 'colina de los arboles venenosos'), y al convertirse en prisión pasó a ser conocido como S-21; sin embargo los campesinos que vivían cerca de allí se referían al lugar como 'el sitio en donde se entra pero no se sale'.
Como ya os hemos comentado antes, Tuol Sleng es a día de hoy un museo, en el que se puede rememorar parte de las tragedias que ocurrieron allí entre 1975 y 1979 (período en el que los Jemeres Rojos ocuparon el poder). Desde fuera, el lugar ya transmitía una aire bastante lúgubre, pero una vez estuvimos dentro, lo que vimos superó cualquier cosa que pudiéramos haber imaginado.
El antiguo colegio que se convirtió en prisión.
A pesar de que había muchos visitantes, el silencio reinaba en el lugar.
Muchas de las habitaciones del complejo se mantenían casi iguales a cuando eran usadas para torturar y ejecutar a los presos. Vimos algunas de las camas en las que encadenaban a personas, parte del material con que las torturaban, fotografías en las que aparecían los cuerpos sin vida de los reclusos, e incluso manchas por el suelo y las paredes que eran la huella dejada por la sangre de las víctimas. No tomamos fotos de ciertas cosas porque realmente eran espeluznantes, por lo que las fotos que os mostramos a continuación son aquellas que hicimos pensando que no herirían de forma impactante vuestra sensibilidad.
Una de las habitaciones donde tuvieron lugar todo tipo de atrocidades.
Estas eran las normas de comportamiento que los presos de la S-21 debían acatar.
Pudimos ver fotos tanto de las víctimas como de los Jemeres Rojos.
Mujeres combatientes con el ejército de los Jemeres Rojos.
Una de las cosas que más nos impactó hacía referencia a los intelectuales, los cuales también fueron sistemáticamente considerados como enemigos del régimen, por lo que eran asesinados junto a sus familias. A ojos del estado, para ser intelectual bastaba con llevar gafas o hablar una lengua extranjera; es decir, que si alguien cumplía uno de estos dos requisitos, él y sus familiares eran condenados a muerte.
Allí descubrimos más información que no sólo hacia referencia a la prisión. Por ejemplo, pudimos leer que a 17 km de la capital camboyana se encuentra la que fue una de las principales zonas de exterminio del país, conocida como 'Centro de genocidio'. Allí asesinaban a la mayoría de los condenados mediante contusiones o usando armas blancas, ya que de esta manera ahorraban munición. Las víctimas podían ser desde recién nacidos a ancianos.
El interior del recinto tenía un aire realmente sobrecogedor.
Una de las minúsculas celdas donde encerraban a los presos.
La vista desde Tuol Sleng.
Volviendo a las víctimas de la prisión, se calcula que unas 20.000 personas murieron durante el tiempo que estuvo activa, y cuando llegó el ejército de liberación vietnamita solo se encontraron siete supervivientes. A lo largo de los años han ido apareciendo otras personas que lograron esquivar a la muerte en la S-21, aproximadamente unas 100. Sin embargo, solo los siete primeros se llevaron la fama. Nos sorprendió ver a dos de esos siete supervivientes en persona en un puesto situado en el interior del recinto donde experimentaron un infierno en vida. Por lo visto, cada día están allí, sentados cada uno en un pequeño puesto en el que venden libros en los cuales se recogen sus atroces memorias. Uno de los dos hombres, que ya eran ancianos, habló brevemente con nosotros y nos explicó que los Jemeres Rojos asesinaron a su mujer.
La verdad es que estábamos muy impactados; y más lo estuvimos cuando supimos que el principal líder del régimen, Pol Pot, murió en 1998 sin llegar a ser juzgado. La mayoría de los demás líderes de los Jemeres Rojos que aún viven, están pendientes de recibir su sentencia por los crímenes que cometieron, pero es probable que mueran antes de ser juzgados, pues ya son bastante mayores y sufren problemas de salud. Decir que es indignante es quedarse muy corto.
Parecía que aquel antiguo instituto se había quedado nuestras fuerzas, así que fuimos a comer para recuperar energías.
Por la tarde fuimos a ver otro templo conocido de Phom Penh, el Wat Phom (en khmer, pagoda de la montaña). Este templo budista fue construido en 1373, y con sus 27 metros es la estructura religiosa más alta de la ciudad. Sabíamos que para entrar se debía pagar, pero también vimos que el lugar no estaba muy vigilado, así que nos hicimos los longuis y entramos sin pagar. Pudimos pasear un poco antes de que una señora nos dijera que no podíamos estar allí sin la entrada correspondiente.
Esto es la gran campana de Phnom Penh.
Los budistas, en su cabezonería, siguen haciendo las campanas de piedra...
Edu no se atrevía a pasar entre estos cuatro leones;
costó hacerle entender que los animales eran de piedra.
Somos tan ratas, que preferimos colarnos a pagar un dólar.
Por la noche, como no, paseamos por la orilla del río disfrutando del atardecer.
Edu empanándose con cualquier cosa.
¿Nuestro último atardecer en Phnom Penh?
Edu en el país de los gnomos.
Nada como un buen coco para refrescarse del abrasador clima camboyano.
El día después nos subimos a un autobús que nos llevó a Kep, una preciosa y tranquila ciudad costera situada al sur de Camboya. Pero eso lo dejamos para la próxima entrada. De momento tendréis que conformaos con un pequeño adelanto.
¡Nos vemos en Kep!
En la siguiente entrada también proclamaremos al vencedor del último concurso, por lo que los que no hayan participado aún pueden hacerlo comentando en la entrada anterior.
Para los que se hayan quedado con hambre de fotos: Pnom Penh 15NOV