31 dic 2014

De bus en bus y de cueva en cueva


¡Hola a todo el mundo!

Esta será la última entrada de 2014, el año en el que hemos empezado esta gran aventura a la que aún le quedan varios capítulos por delante. Y a continuación os vamos a contar uno más de ellos.

Dejamos Pakse para dirigirnos a Vientiane, la capital de Laos, pero decidimos hacer una parada a medio camino, concretamente en Thakek. Nos dijeron que la duración del viaje hasta esa localidad era de unas seis horas en bus, así que optamos por coger un bus público de buena mañana para llegar a nuestro destino antes de que anocheciera.

Edu quedó tan enamorado de la cortina de cigüeñas
 que ha encargado una para que se la manden a Calella.
Pollo a palo seco (literalmente)
El arroz asiático es tan compacto que te lo puedes comer a puñados (literalmente).

Tras haber parado al mediodía para comer, supusimos que no debería quedar mucho tiempo para llegar a Thakek. Sin embargo, se hizo de noche y aún estábamos en el bus transitando por carreteras en las que veíamos alguna casa muy de vez en cuando. Tras diez horas de bús, y cuando ya nos pensábamos que nos llevaban a la quinta China (que, pensándolo bien, tampoco esta tan lejos de Laos...), llegamos a Thakek. Antes incluso de que los conductores de tuk-tuk se nos echaran encima, nos recibió un frío como el que no habíamos sentido hasta el momento en el sureste de Asia. Luego, ya sí, los conductores se abalanzaron hacia nosotros.

Una vez llegamos al alojamiento, preguntamos por el precio de las excursiones que se organizaban por los alrededores. Viendo que todas las opciones eran bastante caras, decidimos esperar al día siguiente para ver si algún conductor de tuk-tuk nos hacía un circuito y un precio a medida. Como era bastante tarde, fuimos a cenar, pero no encontramos ni un solo restaurante abierto, por lo que volvimos a nuestro hostal, ya que allí servían comida.

La bella...
...y el durmiente.
¿Dónde se podrá encontrar un melón por aquí?
De camino a la aventura de turno.

A la mañana siguiente no nos costó encontrar a un conductor que nos llevara a los lugares que queríamos visitar por un precio bastante razonable. Al cabo de unos diez minutos de subirnos al tuk-tuk, y tras circular por uno de los terrenos más desiguales del planeta Tierra, paramos en la primera cueva.

El amigo de Anna vale su peso en oro.
Cueva con vistas al bosque.
¿Alguien ha visto a Edu por algún lado? ¡Lo he perdido!
Por aquí tampoco está...
Elefante yin...
...elefante yang.

Como podéis ver, la cueva no era gran cosa, pero el escenario que había entre ésta y la siguiente era espectacular; y pudimos disfrutar de él gracias a nuestro transporte descubierto.

No os dejéis engañar por el aspecto de estas carreteras...
pues son realmente diabólicas.
Detrás de esta montaña se esconde la segunda de las cuevas.


La segunda cueva era mucho mayor y pudimos recorrerla a nuestro ritmo y sin turistas que nos entorpecieran las fotos (la verdad es que no había nadie en la cueva, turistas o no). El camino hasta ella a través de los campos fue una sorpresa inesperada pero muy agradable.

¡Suerte que hay un camino marcado!
Chico, que la cueva esta en sentido contrario...
Esperemos que dicha cueva no se esconda muy lejos.
Parece que andamos cerca...
¡Edu, no te separes mucho que te pierdes!
Al final Edu se perdió, y Anna lo buscaba por todos lados.
Y Edu tampoco paraba de buscar el camino correcto que lo llevara a su amada.
¡Y al final la parejita se encontró!
Ahora tocaba salir de la cueva...
...pero a Edu se le antojó ponerse a  balilar.

Antes de visitar la siguiente cueva nos tocó hacer un descanso, por lo que fuimos a ver un pequeño lago escondido tras un sendero de rocas en el que se respiraba una gran tranquilidad.

Aquí la Pocahontas.

A continuación, el tuk-tuk nos llevó por un tramo de carretera que discurría entre montañas espectaculares para dejarnos a las puertas de la última cueva. Aquel era un lugar más grande y más fácil de recorrer que los anteriores, pues contaba con escaleras y una colorida iluminación. Allí encontramos algunos visitantes locales, que no escatimaron ni una sonrisa al cruzarse con nosotros.

Parece que los pelos de alguien tienen vida propia.
Anna haciéndose pasar por la cueva.
Tenemos una duda; ¿Se habrán esculpido las escaleras naturalmente o habrá intervenido la mano del hombre?
Sigue la luz y hallarás el camino...
...para honrar a los dioses Edu y Chimpuk.
Grafitis del año 2014 a.C.
Disco-cueva.

Al acabar la ruta de las cuevas, ya era la comer, por lo que regresamos a Thakek. Una vez comidos, fuimos a la lejana estación de buses a comprar un billete para poder ir esa misma noche hacia Vientiane. Sin embargo, al llegar a la taquilla de la estación, nos dijeron que debíamos comprar el billete una media hora antes de subir al autobús. También nos hicieron saber que era probable que no quedaran billetes disponibles para ir a Vientiane; pero aquello era algo que no nos podían asegurar en aquel momento. Es decir, fuimos hasta la estación para nada.

Volvimos al hotel para descansar un poco, cenar algo, y hacer tiempo antes de que nos diera la hora de volver a la central de buses.

Hasta pronto Thakek.

A las once empezamos a preocuparnos por si no quedarían billetes (el bus salía a la 1 de la madrugada), y al ver que otros de nuestro mismo hotel iban saliendo hacia la estación de buses decidimos pedirle a un tuk-tuk que nos llevara. Una vez allí nos dijeron que esperáramos a que llegara el bus, ya que hasta entonces no se sabría si habría sitio para nosotros. Una pareja de turistas que iban dirección al sur y salían media hora antes que nosotros no tuvieron mucha suerte y se quedaron sin camas, por lo que tuvieron que conformarse con ir sentados toda la noche hacia su destino.

Sin embargo, llegada la una de la madrugada, nos dijeron que quedaban tres asientos libres; y justamente éramos tres esperando el bus. Este transporte nocturno no era tan confortable como el que habíamos cogido anteriormente en Camboya. Aquí nos encontramos con "camas" más estrechas y más cortas, por lo que estuvimos bastante apretujados (sobre todo Edu). Además, nos tocó una cama situada junto al baño, así que os podéis imaginar el olor que nos visitaba de vez en cuando.

Que contentos estábamos antes de saber lo que nos esperaba...
Las vistas desde nuestra habitación del bus.
Ese agujero taaaaaan ancho que veis ahí es para poner los pies.

Tras dar muchas vueltas en el asiento-cama y tras otros muchos botes, llegamos a Vientiane a primera hora de la mañana, la capital de Laos. Tras dar algunas vueltas, encontramos un hostal en condiciones y dejamos nuestras bolsas. Vientiane nos pareció una ciudad animada, con un aire relajado y sin prisas.

Después de desayunar, nos dirigirnos a la embajada de Vietnam para poder tramitar el visado del país vecino, pues a diferencia de los otros países del Suresete Asiático, no es posible hacer el visado al llegar a la frontera vietnamita. El visado más económico requería de tres días laborables de tramitación, y, al ser jueves, eso significaba que deberíamos estar al menos cinco días en la ciudad. Viendo que aquella urbe no daba para tanto, elegimos la opción de tramitar el visado en un día, que lógicamente era más cara, pero que a la vez nos ahorraría algunos días de espera. Durante los trayectos en tuk-tuk de ida y vuelta a la embajada, aprovechamos para echar un vistazo a la ciudad.

En nuestra estancia en Vientane descubrimos una ciudad sencilla pero con encanto, y salpicada de templos en las zonas más cercanas al río. Poco más hay que decir de nuestros días en la capital de Laos, que a pesar de ser un sitio en el que nos sentimos muy a gusto, no podemos decir que cuente con atractivos muy destacables.

Su intento de Arco del Triunfo (sí, en serio, esa fue su intención inicial).
Aunque no se vea, Anna intentaba fotografiarse con un templo y no con los cables.
Un resumen de Vientiane.
Shrek a lo Laosiano.
La puerta de...de...algo que no sabemos.
Cables y estupas, modernidad y tradición, el emblema de Laos.

El día después de recoger nuestro pasaporte con el visado de Vietnam en él, pusimos rumbo a uno de los sitios que más nos han impresionado y sorprendido (para bien) durante este viaje: Vang Vieng. Aqui os dejamos un adelanto del sitio al que por momentos confundimos con el paraíso.

¡Vang Vieng, allá vamos!


Aquí tenéis las fotos de Thakek, 8 DIC y las de Vientiane, 10DIC


¡Disfrutad de los últimos minutos del año!


PD: ¡Y no os olvidéis de felicitar a Anna!


¡Hasta el año que viene!

26 dic 2014

En la variedad de Pakse está el gusto

¡Sabaidee a todos y feliz navidad!

Como podéis ver, a estas alturas ya estamos totalmente integrados en Laos (sabemos decir hola: Sabaidee; y alguna cosilla más).

Os avisamos de que, para no perder la costumbre, las siguientes entradas estarán inundadas de cascadas; pues prácticamente en cada rincón de Laos te encuentras una. ¡Así que ya podéis ir a por el bañador!

Dejamos las 4000 islas para proseguir nuestra ruta hacia el norte de Laos. Tras cruzar en barca el Mekong para abandonar la isla de Don Khong, nos subimos en uno de los vehículos más confortables de los que nos han tocado hasta ahora en Asia. La verdad es que fuimos muy cómodos hasta nuestra siguiente parada: la ciudad de Pakse, rodeada de una variada multitud de atractivos.

Tras buscar (y encontrar) un alojamiento de nuestro gusto, fuimos a comer un poco. Como sabíamos que Pakse era una ciudad mínimamente grande, preguntamos a una de las camareras del bar donde estábamos si había algún cine en la ciudad. Aunque la chica no nos entendió, si que lo hizo un hombre que estaba por allí, el cual nos dijo que sí había un cine en la localidad. Sin embargo, no sabía explicarnos donde estaba el cine en cuestión (intentó hacernos un mapa pero no lo consiguió). Finalmente, el hombre nos hizo subir a su coche y nos llevó hasta el cine. Hasta aquí todo fenomenal; pero al llegar allí vimos que solo se emitían películas nacionales. Como la cartelera del lugar no nos llamó la atención, decidimos ir a dar un paseo para ver que nos podía deparar Pakse.

¿Me acompañáis a descubrir Pakse?
Espero que no os importe que venga con nosotros nuestro inseparable Mekong.

Consultando un mapa de la ciudad que teníamos, vimos que cerca de donde nos encontrábamos había un centro comercial. Pensamos que quizá allí hubiera un cine, de manera que nos encaminamos hacía allí, o al menos lo intentamos. No había manera de encontrar el centro comercial. Además, la mayoría de gente a la que preguntábamos no conocía el lugar. Había algunos que, tras poner cara de desconcierto, te indicaban la dirección en la que creían que se encontraba el centro; mientras otros te indicaban la dirección contraria.

Dando vueltas, llegamos a un mercado callejero bastante curioso. Donde cada una de las paradas vendía cantidades infinitas del producto que ofrecían.

Nunca puede faltar un tuk-tuk en una calle laosiana.
Aunque solo necesitaba un champú, Anna quedó fascinada con la cantidad de tonterías que tenía frente a ella.
Mercados, el hábitat natural de Anna.
Los pollos también se pelean por estar en primera fila.

Tras visitar el mercado y buscar sin éxito el centro comercial un poco más, optamos por desistir en nuestra búsqueda. Sin embargo, dimos un par de vueltas por la zona donde nos alojábamos y encontramos una especie de centro comercial que parecía más una estación de autobuses con tiendas de todo tipo. Repusimos champú y cogimos pizza para llevar. Antes de regresar a nuestro hotel, reservamos una excursión para el día siguiente.

Dilema clásico desde tiempos inmemoriales:
¿Cual de los 34 millones de champús elijo?
Si no fuera por los farolillos rojos,
habríamos confundido este centro comercial con una prisión.
Albóndigas de todos colores.
El sueño de Edu: ver un partido de la NBA a una hora normal.

A la mañana siguiente nos esperaba un día ajetreado: cascadas, pueblos tribales y hasta plantaciones de café, así que a las ocho ya estábamos en la mini-van listos para empezar la excursión. La primera parada fueron las cascadas gemelas, Tad Fane, dos saltos de agua que tienen una altura de casi 200 metros. Verdaderamente espectacular.

¡Quitaos de en medio, que tapáis las cascadas!
El lugar indicado para darse una buena ducha.
Por si no os ha quedado claro el nombre del lugar,
aquí lo tenéis por escrito.


Tras ver las gemelitas, y antes de ir a ver la siguiente cascada, paramos en una plantación de café. Allí nos recibió una señora francesa muy amable que nos comentó que en la plantación también tenían plantas de té y muchas otras plantas y frutas. Nos mostró los métodos que usan para la elaboración de té y café, y nos ofrecieron probarlo.

La profe de la plantación.
Este comentario lo dejamos a vuestra imaginativa elección.
Esta vez os ayudaremos un poco; en el cartel poner "Coffee Plantation".

Aún nos quedaba otra parada más antes de la segunda cascada. Visitamos un pueblo étnico, en el que aprovechamos para ver el estilo de vida de los lugareños e intentar conversar con ellos.

Dicen que en esta aldea remota se esconde una antena.
¿Será esta chica la antena?
La típica casa de un pueblo laosiano.
Una más entre los aldeanos.

Y por fin... ¡la segunda cascada del día! Se trata de Tad Lo, que se encuentra en un pueblo con su mismo nombre. Una localidad rural y muy acogedora, donde encontramos unas niñas de lo más divertidas y entrañables. Teníamos un buen rato, pues durante la parada en Tad Lo teníamos que comer, así que aprovechamos para bañarnos en el río y pasar un buen rato con nuestras pequeñas amigas.

Sonrisa Profident.
La clásica casa vacuna a orillas del río.
Anna vivió un cariñoso intento de secuestro.
Y la secuestrada se convirtió en secuestradora.


¡Las Supernenas de Laos!
Parece que Anna ya tiene sus primeros fichajes para su 'Cau' asiático.
Edu se niega a sonreír porque sabe que no tiene nada que hacer contra la sonrisa Profident.
Las supernenas posando con un jarrón.
Esto es lo que se ve a un lado del río...
...y esto es lo que hay en el otro ¿Que os parece?

Una vez nos despedimos de nuestras pequeñas amigas, fuimos a visitar una aldea de tejedores, donde pudimos ver las piezas que confeccionaban manualmente los lugareños.

Edu, no hace falta que pongas esa cara,
que no te haremos comer todo ese chili.
Señora, esperemos que no tengas que cubrir todo el suelo.
Como habréis visto, ahora nos movemos por tierras comunistas.
Aquí podéis ver las obras de las tejedoras.

Por último, fuimos a ver (a ver si lo adivináis)... otra cascada (¡Habéis acertado!). Ésta última era más accesible que las anteriores, lo que nos permitió apreciar el poder del agua desde muy cerca.

Esta cascada tiene grietas por todos lados...
Aquí tenéis ese dedo que siempre se cuela en las fotos.
Anna posando para el calendario de Aventureras del Sureste Asiático.
Edu posando para el calendario de Personas Aburridas del Universo.
¿Y como lo hago para tirarme al agua?
Moises hizo bajar el nivel del agua para que pudiéramos dar un paseo.
Aquí nos faltaron unas pocas piedras.
BRU-
-TAL.

Para ese día ya habíamos tenido suficientes emociones, así que una vez de vuelta a Pakse, nuestro único objetivo era asegurar la excursión para el día siguiente: El templo de Wat Phu, en Champassak.
La excursión debía ser más tranquila, pues duraba medio día y solo teníamos que ver un templo. Sin embargo, cuando nos contaron que teníamos que coger un bus, una barca y un tuk-tuk sólo para llegar al templo, vimos que nos esperaba otra jornada movidita.

¡Cuanto tiempo amigo Mekong!
Parece que nos espera un buen caminito...
...y más si nos paramos para hacer fotos a cada rato.
Vaya, la cima esta bien nublada.

El templo de Wat Phu es un templo khmer (camboyano) hindú construido entre el siglo XI y XIII. Más que el templo en sí, lo bonito es la harmonía e integración del templo con la montaña y los elementos naturales que lo envuelven.

Suerte que el templo no estaba tan arriba.
Si Edu hiciera alguna tontería en las fotos,
serían más faciles de comentar.
Será una faena volver a construir esto.
Sigue esperando, a lo mejor algún día te abren la puerta.
Que coqueto es Buda.

El recinto del templo ocupa unos 10 km, con varios altares y pasarelas, aunque hoy en día solo quedan unas piedras de ello. Para llegar a la parte superior del complejo, tuvimos que subir por varios tramos de escaleras que parecían hechos para evitar que llegaras a la cima. Por suerte, conseguimos superar el obstáculo que suponía cada escalón. Tras recuperarnos de la subida, que nos había dejado bañados de sudor, fuimos a ver la parte más popular del recinto.

Es como si un elefante (¿Anna?) hubiera pasado por estas escaleras.
 La vista compensaba el ascenso.
Tanto tiempo rezaron que se quedaron petrificados.
Con tantas ofrendas como le llevan,
Buda podría montar una tienda de souvenirs.

Tras deshacer el camino recorrido del mismo modo en el que habíamos llegado (tuk-tuk, barca y bus), volvimos a Pakse. Una vez allí, comimos un poco y reservamos un bus para ir el día siguiente a Thakek, otro emplazamiento perdido entre la naturaleza laosiana; y del que os dejamos una foto como aperitivo.

No os separéis de Anna si no os queréis perder.

Aquí os dejamos unas fotos de más como regalo de navidad: Descubre Pakse, 5DIC

¡Felices fiestas!