20 ene 2015

Navidad en familia


¡Buenas!

Para proseguir con nuestras aventuras por el recién estrenado Vietnam, teníamos que visitar sí o sí la bahía de Ha Long, una de las estampas más típicas del país. Pero para nosotros había un aliciente añadido: veríamos a la familia. Nuestros tíos de Barcelona estaban de crucero, y durante esas fechas visitaban Vietnam, al igual que nosotros.

El día empezó como cualquier otro; nos levantamos en Hanoi bien temprano, esperamos el bus que tardó media hora más de lo previsto y tras 170km y 4 horas llegamos a Ha Long City. Habíamos leído en la guía que la ciudad no era nada del otro mundo, pero no esperábamos el chasco que nos llevamos al ver la localidad en cuestión. Exceptuando las vistas espectaculares que se podían apreciar desde el paseo marítimo, no había ninguna otra cosa destacable.

Llegamos al mediodía, y la primera impresión que tuvimos fue la de haber puesto los pies en un pueblo fantasma. No había casi nadie en las calles; ni gente local ni turistas. Tras reservar una habitación en un hostal, fuimos a comer. Tuvimos que esperar un buen rato antes de que nos sirvieran la comida, pero cuando llegó el momento nos hartamos a base de sopas y hamburguesas (que, a decir verdad, tampoco es que estuvieran muy buenas, pero había que comer). Luego fuimos a visitar el paseo de la ciudad desde el que se podía ver la famosa bahía.

¡Bahía de Ha Long a la vista!
La costa de la ciudad tampoco es que fuera muy bonita...

Paseando llegamos a un mercado para turistas, con los típicos souvenirs como llaveros, ropa tradicional del país y figuritas. Estuvimos dando vueltas un buen rato hasta que, hartos de ver lo mismo en cada puesto, decidimos regresar al hotel.

Chico, no estés tan alegre, que te va a dar un infarto.

Como quien no quiere la cosa llegó la hora de la cena. Ese día era 24 de diciembre, y por lo tanto Nochevieja. No nos apetecía tomarnos una gran cena (aunque si hubiéramos estado en Hanoi, sin duda alguna hubiéramos ido al restaurante español), así que tras ver la amplia oferta culinaria de Ha Long City (ironía), nos decidimos simple y llanamente por un kebab en un puesto callejero. Como no había sillas, optamos por pedir un té en uno de los cafés de mini-sillas que existen en Vietnam y allí nos comimos la cena.

Dudamos de que haya un sólo rincón del mundo en el que no existan los kebabs.
Una nochevieja distinta en el otro lado del mundo.

Tras charlar un rato como pudimos con los locales, nos invitaron a beber té con ellos, así que al final tuvimos una cena de Nochevieja bastante animada. Una vez les dimos las buenas noches a aquellos vietnamitas tan simpáticos, regresamos al hotel. Pensábamos irnos a dormir temprano, ya que queríamos estar descansados de cara a las emociones que nos esperaban a la mañana siguiente. Sin embargo, el día aún nos tenía preparada una sorpresa: nuestros tíos, a los que teníamos que ver el día siguiente, nos mandaron un mensaje diciendo que estaban en Ha Long, y que disponían de una hora antes de regresar al crucero para pasar la noche.

Salimos del alojamiento rápidamente y paramos al primer motorista que encontramos, el cual nos llevó por un módico precio al lugar donde nuestros tíos nos habían dicho que estaban (que era delante del mercado que habíamos visitado esa tarde). No tardamos en encontrarlos, y tras los emotivos abrazos fuimos a tomar un té con ellos para poner el mejor broche posible a aquella Nochevieja.

Esta foto, obviamente, no es de la noche que nos encontramos,
pero es la primera que tenemos todos juntos.

Tras darles las buenas noches, fuimos a contratar una excursión para los cuatro y para la mañana siguiente, pues a la una del mediodía zarpaba su crucero. Conseguimos reservar por un precio aceptable la única excursión que se ofrecía en toda la localidad: la visita a la famosa bahía de Ha Long.

Nos levantamos antes de que saliera el sol, nos duchamos con agua fría (no disponíamos de otra cosa), y de esta manera nos espabilamos rápidamente. Nos encontramos con nuestros tíos en el paseo marítimo y fuimos todos juntos hasta el punto de reunión en el que empezaríamos la excursión. Nos llevaron en furgoneta al puerto, y aunque el lugar estaba a rebosar de gente, en el barco en el que nos subieron sólo había otro grupo de turistas aparte de nosotros, por lo que fuimos muy cómodos durante todo el trayecto.

¡A ver quien llega primero a Ha Long Bay!
¡Aventura en familia!

Antes de adentrarnos en la zona más espectacular de la bahía, nos dieron un rodeo y vimos por primera vez las rocas que sobresalían del mar y que tanta fama dan a la bahía. Como no, aprovechamos para hacer fotos para la posteridad.

Vaya, qué foto más chula (pensaron unos)...
...¡Vamos a imitarles!
Parece que no somos los únicos que vamos hacia la cueva...

A continuación nos llevaron a una cueva situada en una formación rocosa que estaba en mitad del mar; y el barco nos dejó lo más cerca posible de la entrada de la cueva Tras subir los escalones atestados de gente (era hora punta), nos encontramos con que la cueva no estaba menos abarrotada que el camino que acabábamos de hacer. Había una marea de gente considerable. Nosotros, por nuestra parte, nos lo tomamos con calma para poder apreciar la cueva, que, a pesar de su iluminación tutti colori, era bonita.

Que desilusión, parece que unos cuantos millones
 de personas han llegado antes que tú a la cueva.
Anna se negó a salir en una foto donde apareciera el color rosa.
La family en la cueva-discoteca.
¿Estará Aladdin por aquí?
Parece que hay dos personas que no se han puesto de acuerdo
 a la hora de mirar hacia la misma dirección...

Al llegar a la salida de la cueva (que no era el mismo lugar por el que habíamos entrado), nos paramos a hacer fotos desde un mirador antes de buscar nuestro barco. Como todos los barcos nos parecían casi iguales, buscamos a algunos de los chicos que iba en la embarcación con la que habíamos venido. Pero no tuvimos éxito en nuestra búsqueda. Luego intentamos recordar si tenía alguna particularidad, y cuando nos acordamos del dragón que había en la popa, vimos que la mayoría de los barcos lo tenían.

Cuando empezamos a pensar que el barco no se había movido de donde nos había dejado, y que por tanto tendríamos que volver a recorrer la cueva para llegar hasta él, Armand, nuestro tío, tuvo una genial idea. Se acordó que Edu había tirado a un pequeño cubo de basura el envoltorio de una magdalena, así que el barco que tuviera el papelito sería el ganador. Abrieron el pequeño cubo de basura que había en el barco que más se parecía al nuestro, y, tal como esperaban, vieron que había el papel de magdalena que Edu había tirado al subir. Después sólo quedo esperar a que volviera el otro grupo de turistas, el cual tardó un buen rato y acabó llegando bastante más tarde de la hora acordada.

Si no fuera por nuestro tío, aún estaríamos buscando el barco.
Conseguir que no saliera ningún otro "guiri"
en las fotos de la cueva es todo un logro.
Las chicas de la family.

El cubo que nos salvó la vida.

Cuando ya estuvimos listos para zarpar nuevamente, nos sorprendió un espectáculo inesperado. El puerto de salida de la cueva era pequeño, y estaba colapsado por barcos que se apretujaban entre ellos. Había hasta barcos 'aparcados en doble fila'; y tal y como pasa con los coches, aquellas embarcaciones que querían salir no podían hacerlo sin golpear a las que tenían a los lados. Dicho y hecho. Nos alejamos de ahí tras dar unos cuantos topetazos con los barcos vecinos. Por suerte, nuestros peores miedos no se cumplieron y salimos ilesos de la batalla naval.

A la que nos acercamos a la multitud de formaciones rocosas que componen la bahía de Ha Long, fuimos a la parte superior del barco, ya que al estar descubierta nos permitía disfrutar de las vistas de manera idónea. Había un poco de niebla que, si bien entorpecía ligeramente la visión, también le daba un toque místico al lugar. Mientras desfilábamos entre las formaciones, un chico del barco nos estuvo diciendo los distintos nombres que recibía cada una de ellas. Allí, en mitad de la bahía, pudimos disfrutar de una mañana de navidad en familia muy especial. Tras ese paseo, podemos dar fe de que la fama de Ha Long Bay está justificada.

A ver si adivináis a qué película estábamos imitando.
(Edu estaba muy metido en el papel) 
(Aviso para los que no hayan visto Titanic: ¡A continuación viene un spoiler!)
¡Esperamos que esta vez el prota no se muera congelado!
(¿Hay alguien que no haya visto Titanic?)
En lugar de icebergs, rocas.
Si el barco no se hundió al "maniobrar" para salir del puerto,
dudamos de que unas rocas puedan hundirlo.
¡La marco-foto más numerosa!
(Por el momento)
Por surrealista que sea , no es ni Avatar, ni el Señor de los Anillos, ni Piratas del Caribe.
Eh, tu, sal de ahí, ¡que me estropeas la foto!
Foto paparazzi style.
¡Hasta la vista, Ha Long Bay!

Una vez finalizamos el recorrido, regresamos al puerto de la ciudad. Como aún quedaba un rato para que nuestros tíos tuvieran que volver al crucero, aprovechamos para ir al mercado a hacer unas compras. Tras ensayar el arte del regateo, comprar varias cosas, y que las chicas se hicieran la manicura, llegó la hora de las despedidas. Con mucho pesar (pero con muy buen recuerdo) nos separamos de nuestros tíos a base de besos y abrazos. Ellos irían con el crucero directos a Hue y nosotros de vuelta a Hanoi.

Como ya habíamos hecho todo lo que se podía hacer en Ha Long, nos subimos al primer bus que salió con destino a Hanoi. Tras cuatro horitas nos plantamos de nuevo en la capital de Vietnam, y como por entonces aún era bastante temprano, nos preguntamos qué hacer. En unos minutos nos encontramos en el cine al que ya habíamos ido unos días atrás. Esta vez fuimos para ver la recién estrenada película de Moises: Exodus. Aprovecharemos que ha vuelto a aparecer el tema del cine para saldar una deuda pendiente. Tal y como nos ha dicho Alberto en un comentario, no os explicamos en qué consistía el 4D cuando os hablamos de él en la entrada anterior. Pues bien, el 4D (4D effects si queremos llamarlo correctamente) consiste en el 3D que suponemos que ya conoceréis acompañado de sillas que se mueven cuando en la película se produce algún tipo de choque o movimiento brusco, ambientadores que reproducen los olores que tienen lugar en el interior de la pantalla, pequeños chorros de agua que se disparan cuando algún personaje de la historia se moja, y otros efectos similares.



También aprovechamos ese día para retomar nuestra recientemente adquirida adicción al juego de los peces. Esta vez, como ya sabíamos de qué iba la cosa, empezamos a acumular puntos, y la cosa se puso seria. Habíamos visto que la gente iba con tarjetas electrónicas en las que guardaba los puntos (dinero), por lo que pensamos inocentemente que, igual que se metía dinero, se podría sacar. Le pedimos (con señas) ayuda al guardia, que nos dejó una tarjeta a la que pasamos todos nuestros puntos. Tras esto fuimos al mostrador de la sala recreativa con la intención de cambiar nuestros puntos por dinero, pero nos respondieron que aquello no funcionaba así. Los puntos que teníamos solamente servían para seguir jugando al juego de los peces. Una vez asimilamos que no nos haríamos ricos a costa de aquel juego, volvimos al tablero electrónico para agotar todos los puntos que habíamos ganado (que no eran pocos). De esta manera nos despedimos de nuestro querido juego.

Al volver al hotel, caímos agotados en la cama, ya que la noche anterior habíamos dormido bastante poco.

El día siguiente, el último que pasaríamos en Hanoi, fuimos a visitar un pequeño lago situado cerca del casco antiguo. Cruzamos el lago a través de un puente muy popular, y desde allí disfrutamos de unas buenas vistas de la zona. Aprovechamos el resto del día para pasear y descubrir algo más aquella ciudad que, a pesar de que no podemos decir que sea bonita, a nosotros nos encandiló.

Un oasis de tranquilidad en pleno centro de Hanoi.
Gremlins in Vietnam.
No sabía que las Gremlins podían ser tan guapas.
Hasta allí tenemos que llegar.
Una foto más tarde, allí estamos.
El guardián de la puerta.
¡La plaza es nuestra!
Aunque no sabemos quien es,
deducimos que este señor fue muy importante.

En cuanto oscureció nos subimos a un sleeping bus para dirigirnos hacia el sur. Sin embargo, eso lo dejamos para otra entrada.

Para no perder la costumbre, aquí tenéis una ración de adelanto:

¡Bienvenidos al circo flotante!

Pero también hay otras costumbres que hay que mantener ¡Más fotos de Ha Long Bay 24DEC y de Hanoi 26DEC!

¡Hasta la próxima!


18 ene 2015

Good morning Vietnam

¿Que tal todo? Esperamos que bien.

Nosotros os empezaremos a contar nuestras aventuras por Vietnam. Como ya hemos hecho algunas veces (y como a buen seguro volveremos a hacer en el futuro), hemos tomado prestado un título de alguna otra fuente para bautizar una entrada del blog.

Sin embargo, antes de dar los buenos días a Vietnam, debíamos decir adiós a Laos; y eso hicimos, subiéndonos a un avión de una compañía de la cual desconocíamos su existencia: Lao Airlines.

Economy Class con destino a Vietnam Big Adventures. 
Nos vamos superando. La próxima vez volaremos en un avión de juguete.
No nos hubiera ido nada mal que el avión tuviera una cama.

Esta vez, a diferencia de las otras veces que habíamos cruzado una frontera, ya teníamos el visado hecho; pues es imprescindible haberlo tramitado con antelación para entrar en Vietnam. Como ya os comentamos, lo habíamos solicitado anteriormente en Vientiane, la capital de Laos. 

Lo siento Vietnam, no te vas a librar de nosotros.

Al llegar al aeropuerto de Hanoi (la capital vietnamita) nos revisaron el visado, y una vez todo estuvo en orden, nos subimos a un minibús que nos dejó frente a la iglesia católica de San José, situada en una zona llena de alojamientos. Pronto encontramos uno muy acogedor en una callejuela que se encontraba en pleno casco antiguo de la ciudad. 

Cuando nos hubimos instalado fuimos a dar la primera vuelta por la ciudad. Nuestra primera impresión de Hanoi fue de una ciudad caótica pero con encanto; muy viva y con mucha personalidad. Ese día decidimos tomarlo con calma, así que preguntamos por un cine que dieran películas en inglés y fuimos andando en su búsqueda. 

El señor Pheasant (Faisán) nos cedió su habitación por unos días. 
¿Hemos ido a parar a Hanoi o a Notre Dame?

El cine en cuestión se encontraba en un centro comercial situado bastante lejos de nuestro alojamiento, por lo que nos dimos un buen paseo que nos permitió conocer la zona menos turística de la ciudad. Sin embargo, hay que decir que las zonas "guiris" de la ciudad se asemejan bastante a las que no lo son.

¡Sillas tamaño Anna para todo el mundo!
(Que se fastidien los larguiruchos)
Con la tienda a cuestas.

Durante la caminata también pudimos comprobar que no había una sola calle que no estuviera abarrotada a más no poder por un trafico demencial (aunque había cierto orden dentro del desorden y no iban a toda pastilla como en Europa). En las principales avenidas de otras ciudades asiáticas habíamos visto una gran circulación de vehículos, pero en Hanoi no había una sola calle que se librara del colapso que formaban tanto coches como motos. Lo que vimos sólo resultaba comparable a las frenéticas carreteras de Jakarta.

¡Empieza la carrera!
Edu se está quedando rezagado...
El que fabrica las banderas se estará haciendo de oro.

Pero por suerte llegamos vivos al centro comercial. Al ver la cartelera, optamos por ir a ver 'El Hobbit'. Sin embargo, la siguiente sesión no empezaba hasta el cabo de unas dos horas, y además era en 4-D (algo que hasta el momento no sabíamos que existía). Pese a que tendríamos que esperar un buen rato, decidimos comprar las entradas. 

Aunque estén en la otra punta del mundo,
los "freakies" hacen lo que sea para disfrutar de sus aficiones.

Para amenizar la espera, fuimos a dar una vuelta por el centro comercial. Acabamos en una sala recreativa en la que descubrimos un juego que causaba verdadero furor entre los usuarios de la sala. Para realizar una descripción más acorde con la realidad, diremos que, más que un juego, era un juego de masas.

El juego se desarrollaba en un gran tablero digital rectangular, de tamaño parecido a una mesa de billar. Alrededor de la mesa se congregaban los jugadores (podían haber un máximo de 10 por mesa), cada uno de los cuales manejaba uno de los cañones de láseres digitales situados en los extremos de la mesa. Con cada disparo se tenía que intentar capturar a uno de los peces que nadaban por la pantalla. Se podía regular la potencia del disparo para atrapar a peces más grandes (por ejemplo tiburones), y si lo conseguías ganabas más créditos para seguir jugando. Pero a su vez, mientras mayor fuera la potencia del disparo, más créditos gastabas.

Como véis, no era un juego de darle mucho al coco, pero nos tuvo entretenidos un buen rato; con tres euros pasamos una media hora. Y no éramos los únicos, pues había por lo menos otros cinco tableros  y todos estaban prácticamente llenos.

Para Anna, éste fue uno de los momentos de mayor felicidad del viaje.

Finalmente, tuvimos que despedirnos de nuestro querido juego para ir a una de las salas del cine, pues en breves momentos empezaría la película. Al entrar nos dieron unas gafas y... ¡A Hobbitear!

No sabíamos que dejaban entrar a gente
 con éstas pintas en los cines vietnamitas.


Al salir del cine, nos dimos prisa para volver al hostal, pues ese día nos habían dicho que había una barbacoa gratis para todos los clientes. Pero pese a que íbamos justos de tiempo, no pudimos resistirnos a volver andando y disfrutar del magnífico caos urbano de Hanoi.

Aquí aún queda espacio para montar otra fila de motos.


Nada más entrar en la callejuela en la que estaba nuestro hostal, olimos el humo que supusimos que venía de la barbacoa que nos estaba esperando. Llegamos justo cuando empezaron a circular los 'pinchitos' de carne y verduras que habían estado preparando los trabajadores del alojamiento. Aprovechamos la cena para charlar un poco con los otros clientes del lugar y saber su opinión de los lugares que nosotros aún teníamos que visitar. No tardamos en irnos a dormir, ya que aquel día nos habíamos levantado realmente pronto y estábamos agotados de tanto paseo y tan poco descanso.


Un manjar... ¡Gratis!

A la mañana siguiente nos levantamos con las pilas cargadas y fuimos directos a desayunar. Encontramos un lugar donde hacían churros, y nuestro cuerpo nos ordenó que debíamos ir allí. Aunque los churros no eran como los que comemos en casa, eran una buena imitación.

Os presento a Edu y sus amigos los churros.
¡Vaya churro de chica! 

Una vez desayunados, nos dignamos a entrar a la catedral de San José, por delante de la cual ya habíamos pasado varias veces. Lo que encontramos en el interior no era muy distinto a lo que puedes ver en una iglesia de pueblo normal y corriente. La verdad es que tan sólo los turistas orientales se demoraban allí para fijarse en todo y hacer fotos; cosa que es totalmente normal, ya que ellos no están acostumbrados a ver edificios de ese tipo. A nosotros nos recordó mucho a nuestra tierra, pues había un Belén y un gran árbol de navidad (habíamos visto muy pocos hasta entonces).

Chico, que la catedral está detrás tuyo. 
Aunque sea un poco tarde, desde Vietnam os deseamos...
¡Feliz navidad!
La verdad es que el lugar no estaba a rebosar precisamente. 
¿Dónde estará Baltasar?
¿Donde estará la gente del Belén?

Aprovechamos toda la mañana para pasear por el casco antiguo de la ciudad. De vez en cuando nos metíamos en los estrechos callejones donde los vendedores montaban sus paradas. Esas pequeñas calles eran el único lugar donde podías evadirte del tráfico que reinaba en el resto de la ciudad (aunque pasaban motos de vez en cuando). También vimos tiendas 'andantes' de ropa o comida, las cuales eran transportadas por mujeres calle arriba y calle abajo en un carro repleto de mercancía. Otro fenómeno que vimos eran los cafés vietnamintas, pues en cada calle había como mínimo tres o cuatro, y se trataban de locales con decenas de mesas y sillas de plástico de tamaño pequeño repletas de gente y vasos de té.

La típica calle de Hanoi. 
¿Os apetece algo nuevo? Pues aquí tenéis para elegir.
Los fruteros transitan por las carreteras vietnamitas
 como si de un vehículo cualquiera se tratasen. 
La tienda-móvil.
Esto si que es una calle vietnamita.
Verde que te quiero verde.
Con traje y a lo loco.

Nos encantó que una ciudad tan grande como Hanoi, de seis millones y medio de personas, fuera tan parecida a un pueblo, con sus bares, sus colmados y sus mercados. También nos dimos cuenta por primera vez de un fenómeno que se iría repitiendo por todo el país y que solo entenderíamos al final de nuestra estancia en Vietnam: las mujeres se paseaban por la calle en pijama.

Ahora, por favor, poneos en nuestra piel para comprender lo que nos ocurrió aquel día a la hora de comer. Jamón, aceite de oliva, paella, tortilla de patatas, chorizo y croquetas. Con eso fuimos las personas más felices del universo. Habíamos ido a parar a un restaurante español (que lo llevaban un español y un francés) situado en pleno centro de Hanoi. Comimos de verdadero lujo. La verdad es que el lugar nada tenía que ver con cierto restaurante de Indonesia.

Máxima emoción.
Es la hora de arrasar con todo.

Como dicta la tradición, tras comer Anna se echó una siesta y el resto de la tarde la pasamos tranquilamente entre el hostal (y el blog) y dándonos más paseos por Hanoi. Cenamos en un restaurante italiano la mar de bien (aunque nada comparado con el español). Eran tan majos que hasta nos dejaban pintar en los manteles.

Nuestra artista va dejando huella.

El día después tuvimos que dejar Hanoi para ir a encontrarnos con nuestra familia de Barcelona (habéis leído bien) en Halong, uno de los lugares emblemáticos de Vietnam. Pero esa historia la dejamos para la próxima entrada.

Y ahora, como siempre, un avance:

¿Os querréis adentrar con nosotros en la bahía de Halong?

Y también como siempre, aquí tenéis las fotos de Hanoi 23 DEC