19 dic 2014

El país de al Lao


¡Hola!

Si habéis leído el título, ya habréis visto la broma extremadamente penosa que os prometimos. Para vuestro bien, no haremos más comentarios al respecto. Sólo diremos que, lamentablemente, nadie adivinó el título, por lo que esta vez no tenemos a ningún ganador

El día 1 de diciembre nos dispusimos a abandonar Camboya y adentrarnos en Laos, su vecino norteño. Para ello debíamos coger un bus que salía sobre les siete y media de la mañana desde Bang Lung y que, tras cruzar la frontera, nos dejaría sobre las cinco de la tarde en la zona de las 4000 islas, en Laos. 

Lo siento Anna, no quedan asientos libres.

Normalmente, un día de tránsito de un lugar a otro no da mucho que contar, pero, como siempre, el sureste asiático no dejó de sorprendernos. Nuestro primer transporte en aquella jornada fue un minibus público; es decir, uno de esos que iba parando en mitad de la carretera para recoger a la gente que lo solicitaba. Cuando un nuevo pasajero subía a bordo, el conductor reorganizaba la distribución de los que ya estábamos dentro para hacer espacio y luego se volvía a poner en marcha. Esto ocurría aunque el bus fuera lleno, por lo que llegó un momento en el que parecía físicamente imposible que pudiera caber más gente (o eso creíamos). Lo más divertido sucedió tras llenarse las filas delanteras; en ese momento ya no se podía pasar entre los ocupantes para llegar a las traseras, por lo que el conductor decidió que los nuevos ocupantes entraran por la ventana; y así lo hicieron una mujer y sus dos hijos, como si fuera lo más normal del mundo.

Con el fin de tener más asientos, estos minibuses tampoco disponen de maletero, y usan el espacio que hay entre los asientos y el suelo para guardar las pertenencias de los viajeros. Eso significa que alguien como Edu, de patas largas, puede estar tremendamente incómodo en un vehículo de este tipo. Suerte que no estuvimos más de dos hora en ese bus.

Aqui tenéis a la Catgirl camboyana.
¡Corred! ¡Dentro de poco no cabra un alfiler!

No obstante, antes de bajarnos de ese prodigio de la comodidad con ruedas, pudimos ver por primera vez a un compañero que no se separaría de nosotros durante gran parte de los siguientes días: el grandioso río Mekong; el octavo más largo del mundo (4880 km aprox.). A pesar de ser el quinto río más largo de Asia, es el único del continente que pasa por seis países. La verdad es que pensar en el hecho de estar en Camboya y poder ver un río que nace en la meseta tibetana de China es algo que impresiona.

Os presentamos al gran Mekong.

Al bajar del bus, nos dejaron en un bar situado en un pueblo bastante solitario y del que aún desconocemos su nombre. Allí estuvimos un par de horas, viendo llegar a más turistas procedentes tanto de Laos como de otros puntos de Camboya. En ese lugar se nos presentó el que sería nuestro siguiente chofer; un laosiano muy risueño que no dejaba de enseñarnos vídeos con su móvil.

Cuando llegó la hora de subirnos al siguiente bus, pudimos comprobar que se trataba de un vehículo aparentemente más confortable que el anterior. Sin embargo, nos toco sentarnos al final del minibus, en el lugar donde se apiñaban las maletas (ya que, lógicamente, no había maletero). Durante las siguientes horas vivimos con el miedo de que el inestable equilibrio de aquellas maletas se rompiera y nosotros quedáramos sepultados. Afortunadamente, no sufrimos daño alguno.

Anna estuvo meditando sobre si dejar a este "bicharraco" encerrado en el bus.

Una vez llegamos a la frontera con Laos, nuestro chófer nos dijo que nos veríamos al otro lado, es decir, en la parte laosiana. Nosotros aún teníamos que hacer el visado, que lo tramitamos a través de un hombre que nos recibió al bajar del bus. Pudimos comprobar en primera persona los chanchullos que se llevan a cabo en las fronteras, ya que nos cobraron de más en concepto de nada. Esto pudimos averiguarlo porque íbamos con un chico que había pagado bastante menos el tramitar el visado con anterioridad en alguna embajada. No tuvimos más alternativa que resignarnos, pues la otra opción era negarse a pagar y no poder ir a Laos, y tampoco se trataba de eso.

Aunque parezca un palacio, esto es la frontera entre Camboya y Laos. 
Y cruzando esta puerta uno se planta en otro país.

Tras circular por primera vez por carreteras laosianas, nos tocó subirnos a una pequeña embarcación; ya que nuestro destino era una isla situada entre las llamadas 4000 islas (aunque lógicamente no son 4000). Una vez convencimos al conductor del minibus de que teníamos el trayecto en 'barco' pagado (cosa que era cierta), emprendimos la marcha junto a un ciclista que llevaba al menos dos meses pedaleando por Asia. Loable.

Sin duda, la calidad de nuestros vehículos fue mejorando
 a medida que transcurría el día.
A por la primera de las 4000 islas.
¡Viva la capitana!

La isla a la que nos dirigimos recibe el nombre de Don Khong. A pesar de ser la más grande entre las 4000 islas, no es la más visitada por los turistas, por lo que supusimos que sería un lugar tranquilo.

Nada más bajar de nuestra "barca" (aún no sabemos como llamar a esa precario vehículo flotante), nos encontramos a una joven pareja de mallorquines. Como aún íbamos cargados con las mochilas, no nos entretuvimos mucho rato charlando; pero quedamos con ellos para cenar juntos más tarde.

Ese día poco más hicimos que buscar un alojamiento y pasearnos por las dos calles de las que disponía Don Khong. Descubrimos que, a pesar de la zona reciba el nombre de 'las cuatro mil islas', sólo es posible visitar tres de ellas; aunque bastantes más estan habitadas.

En el alojamiento que escogimos (con vistas al Mekong) nos encontramos a un señor, el cual nos dijo que le faltaban dos personas para llenar la embarcación que al día siguiente zarparía para dar una vuelta por el Mekong y visitar una de las otras islas, Don Khone. Como nos ofreció un precio bastante bueno, nos apuntamos a la "aventurilla".

Durante la cena, la pareja mallorquina nos estuvo explicando que llevaban un mes viajando, y que habían visitado Tailandia y Laos. Aún les quedaba otro mes, en el que tenían previsto ir a Camboya e Indonesia. Por nuestra parte, les contamos nuestras vivencias asiáticas hasta el momento; y la cena transcurrió agradablemente mientras intercambiábamos experiencias e impresiones varias (que gentleman nos ha quedado esta última frase).

Al despertarnos a la mañana siguiente y asomarnos a la ventana, le dimos los buenos días al Mekong. Ver el río bajar sin prisa alguna pero sin pausa es algo que transmite una sensación a la vez de paz y tranquilidad. Preparamos las cosas para la excursión y nos subimos a la barca que nos daría un paseo de una hora y media antes de dejarnos en Don Khone (aunque el nombre se le parezca, no es la misma isla en la que nos alojábamos).


A este no le habrían ido mal cinco minutos más en la cama.
Esta, en cambio, está encantada de ponerse morena.
¿Si seguimos esta pasarela llegaremos hasta la otra isla?
Como el nivel del agua del Mekong crezca un poco,
me parece que alguien va a tener una casa flotante.

Al bajar de la barca nos encontramos en una isla más turística que la "nuestra", pero aún así se respiraba un ambiente de relajación.

Hawaii, Bombay...
¿En esta parada servirán zumos naturales?
Edu confundiendo la bandera de Laos con una del Barça.

Previamente, habíamos leído la parte de nuestra guía en la que se hablaba de Don Khone, por lo que sabíamos que allí había un par de cascadas que valía la pena visitar, y a las que se podía llegar andando. Tras comernos un helado para refrescarnos un poco, nos pusimos en marcha.

Suerte que la foto está tomada de lejos,
sino perdería su encanto al ver a Anna tan sudada como estaba.
¿Qué hace uno aquí si le falta sal?


La verdad es que estos rápidos hacían justicia a su nombre.

Caminamos durante un buen rato bajo un sol sofocante y entre campos en los que no se veía un alma. Lo que nos encontramos a continuación compensaba por los pelos la caminata que nos acabábamos de pegar. La verdad es que las cascadas no nos impresionaron mucho; de hecho, en lugar de cascadas, aquello era una corriente rápida de agua y poco más. Aún así, lo pasamos bastante bien cruzando los puentes de bambú para poder ver el río de más cerca.

Aunque habíamos traído bañadores y el sol se seguía mostrando implacable, decidimos no bañarnos en esas aguas tan turbias y violentas.


Como siempre, Anna feliz como una perdiz.
Tanta ola y tanta roca no invitan a uno a darse un bañito.

Durante el camino de vuelta nos entró un hambre importante, así que en cuanto estuvimos de nuevo en la aldea, nos fuimos directos a un restaurante para comernos un generoso plato de pasta que nos llenó el estómago. Tras esto volvimos al punto de reunión para regresar; pero el conductor no apareció hasta treinta minutos después de la hora acordada. Durante la espera, el niño que hay en Edu no se aburrió en absoluto, más bien todo lo contrario. (No os preocupéis al ver el vídeo, el río era profundo).


Pedimos oficialmente al ayuntamiento de Calella que instale este columpio en la playa.
Esto bien podría ser el Libro de la Selva.

Ya de vuelta en la barca, Anna decidió echar una cabezadita (para variar), pero antes nos tomamos la foto enmarcada de rigor.

Lost in the Mekong.
¿Alguien conoce a este hombre que se cree tan guay?
Ante vosotros esta navegando el taxi de Pocahontas.

Llegamos a nuestro alojamiento cuando faltaba poco para anochecer, así que ya teníamos el día hecho. Fuimos a cenar a uno de los pocos restaurantes de la zona y luego nos fuimos para la cama.

Los dos días posteriores los aprovechamos para descubrir con calma nuestra isla. La encantadora sencillez del lugar, junto a la amabilidad de los lugareños y el entorno natural inundado parcialmente por el Mekong, hizo que nos sintiéramos realmente a gusto. Nuestro Nirvana particular solo se vio interrumpido por una mala digestión de Edu; pero por lo demás, lo pasamos de fábula.

Anna pudo disfrutar de un mercado callejero que envolvía una gran plaza y que estaba abierto desde primerísima hora de la mañana hasta bien entrada la noche (de hecho, nosotros no llegamos a ver el mercado cerrado en ningún momento). También era obligada la visita al templo budista de la ciudad.

¡Larga vida a los mercadillos!
Anna se vistió como un monje para que la dejaran entrar.
Buda, pareces muy cómodo ahí sentado/a. ¿Puedo unirme a ti?
Tres tristes tigres.
¿Quien vivirá aquí?
Y con esta imagen, nos despedimos del Mekong...por ahora.

Durante esos días nos propusimos recuperar fuerzas para prepararnos de cara a la siguiente parte de nuestro viaje: remontar el Mekong hasta el norte de Laos. Nuestra siguiente parada fue Pakse, de donde os ofrecemos una instantánea para aplacar vuestra sed de aventuras.

¿Encontraremos a Heidi por aquí?

¡Fotos de las 4.000 Islas!

¡Hasta la próxima!


2 comentarios:

  1. Molt bona la foto del "bicharraco", sembla un soldat tronat dels USA, molt be! Començeu a vigilar on posseu els peus a veura si us trobeu amb la ruta Ho Chi Min...

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  2. Hola nois,
    El mes de desembre és complicat i sempre hi ha un munt de coses per fer i ja fa tems que no us segueixo però no volia deixar passar la oportunitat de felicitar-vos el NADAL aprofitant que esteu aquí al LAO ;-) .... Una abraçada, petonets i BON NADAL !!!

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